sábado, 2 de julio de 2016

La elite Kiera Cass Capitulo 27

Cuando Silvia me preguntó qué necesitaría para mi presentación, le dije que quería una mesita para
poner unos libros y un caballete para un póster que estaba dibujando. Le hizo especial ilusión saber lo
del póster. Era la única que tenía experiencia en trabajos de arte y diseño.
    Me pasé horas escribiendo mi presentación en fichas, para que no se me olvidara nada, y puse puntos
en algunos libros para sacar citas. Además, ensayé frente al espejo para aprenderme bien las partes que
me preocupaban. Intenté no pensar demasiado en lo que estaba haciendo, pues entonces todo el cuerpo me
empezaba a temblar.
    Le pedí a Anne que me confeccionara un vestido que me diera aspecto inocente, lo cual le hizo
levantar las cejas.
    —Lo dice como si hasta ahora le hubiera hecho salir por ahí en lencería fina —bromeó.
    Chasqueé la lengua.
    —No, no quiero decir eso. Ya sabes que todos los vestidos que me habéis hecho me han encantado.
Solo quiero dar una imagen… angelical.
    Ella sonrió.
    —Supongo que ya se nos ocurrirá algo.
    Debieron de trabajar como locas, porque el día del Report no vi ni a Anne, ni a Mary, ni a Lucy hasta
una hora antes del inicio del programa, cuando llegaron a toda prisa con el vestido. Era blanco, vaporoso
y ligero, y estaba decorado con una larga tira verde y un adorno de tul azul a la derecha. La parte inferior
caía de tal modo que parecía una nube, y la cintura imperio le daba un toque de elegancia y formalidad.
Me venía perfecto. Era, con mucho, el que más me gustó de todos los que me habían diseñado, y estaba
encantada de lucirlo aquel día precisamente. Quizá sería el último de sus vestidos que tendría ocasión de
ponerme.
    Me había costado mantener mi plan en secreto, pero lo había conseguido. Cuando las chicas me
preguntaron qué estaba haciendo, simplemente les dije que era una sorpresa. Eso me valió más de una
mirada escéptica, pero no me importó. Les pedí a mis doncellas que no tocaran las cosas de mi
escritorio, ni siquiera para limpiar, y obedecieron, dejando mis notas boca abajo.
    Nadie lo sabía.
    La persona a la que más ganas tenía de contárselo era a Aspen, pero me contuve. Por una parte tenía
miedo de que me convenciera de no hacerlo; por otra, me temía que se mostrara demasiado entusiasta.
    Mientras mis doncellas se esmeraban para ponerme guapa, me miré al espejo y supe que aquello era
algo que tenía que hacer sola. Y mejor así. No quería que nadie —ni mis doncellas, ni las otras chicas, ni
Aspen, sobre todo— se metieran en problemas por mi culpa.
    Lo único que quedaba por hacer era poner las cosas en orden.
    —Anne, Mary, ¿podríais ir a prepararme un té?
    Ellas se miraron.
    —¿Las dos? —preguntó Mary.
    —Sí, por favor.
    No parecían convencidas, pero hicieron una reverencia y se fueron. En cuanto salieron, me giré hacia
Lucy.
—Siéntate conmigo —le pedí, llevándola al banquito acolchado en el que estaba sentada yo. Ella
obedeció, y yo le pregunté, simplemente—: ¿Eres feliz?
     —¿Señorita…?
     —Últimamente pareces triste. Me preguntaba si te encuentras bien.
     Ella bajó la cabeza.
     —¿Tan obvio es? —un poquito —admití, pasándole el brazo por los hombros y acercándola a mí.
     Ella suspiró y me apoyó la cabeza en el hombro. Me alegré muchísimo de que olvidara por un
momento las barreras invisibles que había entre las dos.
     —¿Alguna vez ha deseado algo que no pudiera conseguir?
     Solté una risita sarcástica.
     —Lucy, antes de llegar aquí era una Cinco. Hay tantas cosas que no podía tener que si hiciera una
lista sería tan larga…
     Una lágrima solitaria le rodó por la mejilla. Resultaba raro; normalmente me lo habría ocultado.
     —No sé qué hacer. Estoy atrapada.
     Erguí el cuerpo e hice que me mirara a la cara.
     —Lucy, quiero que sepas que estoy segura de que puedes hacer lo que quieras, ser lo que seas. Creo
que eres una chica asombrosa.
     Ella sonrió tímidamente.
     —Gracias, señorita.
     Sabía que no teníamos mucho tiempo.
     —Escucha, necesito que hagas algo por mí. No estaba segura de si podía contar con las otras, pero
confío en ti.
     Aunque parecía confusa, cuando respondió supe que lo decía de verdad:
     —Lo que sea.
     Fui a uno de los cajones y saqué una carta.
     —¿Le podrías dar esto al soldado Leger?
     —¿Al soldado Leger?
     —Me gustaría darle las gracias por lo amable que ha sido, y he pensado que resultaría inapropiado
darle una carta personalmente, ya sabes —era una excusa muy pobre, pero era el único modo de
explicarle a Aspen el porqué de lo que iba a hacer y de despedirme de él. Suponía que no me quedaría
mucho tiempo en el palacio tras aquella noche.
     —Me encargaré de que le llegue antes de una hora —dijo, decidida.
     —Gracias —respondí.
     Las lágrimas amenazaban con aparecer, pero las contuve. Estaba asustada, pero había demasiados
motivos para actuar como tenía previsto.
     Todos nos merecíamos algo mejor. Mi familia, Marlee y Carter, Aspen, incluso mis doncellas; todos
estábamos atrapados en nuestras vidas debido a los planes de Gregory Illéa. Pensaría en ellos.
     Cuando entré en el plató del Report, tenía bajo el brazo un montón de libros marcados y una carpeta
con mi póster. La estructura era la misma de siempre —los asientos del rey, la reina y Maxon a la
derecha, cerca de la puerta, y los de las chicas de la Selección a la izquierda—, pero, en el centro, en el
lugar en el que solía haber una tarima donde se subía a hablar el rey o unas sillas para las entrevistas,habían dejado un espacio para las presentaciones. Vi una mesita y mi caballete, pero también una pantalla
en la que supuse que alguna haría un pase de diapositivas. Era impresionante. Me pregunté quién sería la
que había logrado los recursos necesarios para montar todo aquello.
    Me fui hasta la última silla —junto a la de Celeste, por desgracia— y coloqué mi carpeta al lado.
Apoyé los libros sobre las rodillas. Natalie también traía unos libros; y Elise estaba releyendo sus notas
una y otra vez. Kriss miraba al techo y parecía estar recitando su presentación mentalmente. Celeste
estaba comprobando su maquillaje.
    Silvia estaba allí, como solía ocurrir cuando teníamos que hablar de algo que nos hubiera encargado
ella, y aquel día estaba con los nervios a flor de piel. Probablemente aquella fuera nuestra tarea más
complicada, y el resultado diría mucho de ella.
    Respiré hondo. No había pensado en Silvia. Pero ahora ya era demasiado tarde.
    —¡Están preciosas, señoritas, fantástico! —dijo, al acercarse—. Ahora que están todas aquí, quiero
explicarles unas cuantas cosas. En primer lugar, el rey se pondrá en pie y hará unos cuantos anuncios;
luego Gavril desarrollará el tema de la noche: la presentación de sus proyectos filantrópicos.
    Silvia, que era como una máquina inalterable y nunca perdía la calma, estaba agitada. De hecho, daba
botecitos mientras hablaba.
    —Bueno, ya sé que han estado practicando. Tienen ocho minutos; y si alguien les hace alguna
pregunta después, Gavril les dará paso. Recuerden mantener la compostura. ¡El país las está mirando! Si
se pierden, respiren hondo y sigan adelante. Van a estar estupendas. Ah, y saldrán en el orden en que
están sentadas, así que, Lady Natalie, usted es la primera; y Lady America será la última. ¡Buena suerte,
chicas!
    Silvia se alejó para hacer las últimas comprobaciones. Intenté calmarme. La última. Seguramente
sería mejor así. Natalie debía de estar más nerviosa al ser la primera. La miré y vi que estaba sudando.
Intentar concentrarse con aquella presión sería una tortura. No pude evitarlo y miré también a Celeste.
Ella no sabía si la había visto con Maxon, y no dejaba de preguntarme por qué no se lo había contado
nunca a nadie. El hecho de que lo guardara en secreto me hacía pensar que no era la primera vez.
    Aquello lo hacía aún peor.
    —¿Nerviosa? —le pregunté, mientras ella se quitaba algo que se le había quedado pegado en una
uña.
    —No. Esto es una estupidez, y en realidad no le importa a nadie. No veo la hora de que acabe. Y yo
soy modelo —dijo, mirándome por fin—. Se me da bien ponerme delante de las cámaras.
    —Desde luego parece que eres una experta en posar —murmuré.
    Era evidente que aquello le hizo pensar, intentando decidir si era un insulto o no. Acabó levantando
la vista y girándose hacia el otro lado.
    Justo en aquel momento entró el rey, con la reina al lado. Hablaban entre susurros, y parecía que se
trataba de algo muy importante. Un momento más tarde entró Maxon, ajustándose los puños de la camisa
mientras se dirigía a su sitio. Vestido con aquel traje tenía un aspecto inocente y limpio; tuve que
recordarme a mí misma lo que sabía de él.
    Me miró. No iba a dejarme intimidar, así que le mantuve la mirada. Entonces, con timidez, Maxon
levantó la mano y se tiró de la oreja. Negué lentamente con la cabeza, con una expresión que dejaba claro
que, si dependía de mí, nunca más volveríamos a hablar. 
    Cuando empezaron las presentaciones, un sudor frío me recorrió todo el cuerpo. La propuesta de Natalie fue corta, y no estaba muy bien documentada.
    Afirmaba que todo lo que hacían los rebeldes era deleznable y que habría que acabar con ellos para
mantener la seguridad en las provincias de Illéa. Cuando acabó, todas la miramos sin decir nada. ¿Cómo
es posible que no supiera que todo lo que hacían los rebeldes ya se consideraba ilegal?
    La reina, en particular, puso una cara terriblemente triste cuando Natalie se sentó.
    Elise propuso un programa para relacionar a los miembros de las castas más altas con gente de
Nueva Asia, mediante una especie de intercambio de cartas. Sugería que aquello ayudaría a reforzar los
vínculos entre los países y que ayudaría a poner fin a la guerra. Yo no tenía claro que aquello sirviera de
algo, pero al menos servía para recordar por qué ella aún seguía en la Selección. La reina le preguntó si
conocía a alguien en Nueva Asia que pudiera estar dispuesto a participar en el programa, y Elise le
aseguró que sí.
    La presentación de Kriss fue espectacular. Quería reformar el sistema de educación pública. Aquella
era una idea que les gustaba tanto a Maxon como a la reina. Como esta era hija de un maestro, habría
pensado en ello toda la vida. Usó la pantalla para mostrar imágenes del colegio de su provincia al que la
habían enviado sus padres. En los rostros de los profesores se reflejaba el agotamiento, y en una
fotografía se veía un aula en la que cuatro niños estaban sentados en el suelo, puesto que no había
suficientes sillas. La reina hizo decenas de preguntas, y Kriss las respondió enseguida. Recurriendo a
copias de viejos informes económicos que habíamos leído, incluso había encontrado una fuente a la que
recurrir para pedir prestado el dinero necesario para poner el proyecto en marcha, y aportó ideas para la
posterior financiación del sistema.
    Cuando se sentó, vi que Maxon le sonreía y asentía. Ella respondió ruborizándose y se quedó mirando
el encaje de su vestido. Me parecía una crueldad que jugara así con ella, teniendo en cuenta su relación
íntima con Celeste. Pero ya no era asunto mío. Que hiciera lo que le diera la gana.
    La presentación de Celeste fue interesante, aunque algo tendenciosa. Sugirió que se estableciera un
salario mínimo para algunas de las castas más bajas. Sería en una escala progresiva, de acuerdo con la
formación. No obstante, para obtener esa formación, los Cincos, Seises y Sietes tendrían que cursar
estudios…, que tendrían que pagar…, lo que beneficiaría sobre todo a los Treses, que eran los únicos
autorizados para dar clases. Como Celeste era una Dos, no tenía ni idea de lo que tendríamos que
trabajar para conseguir pagar aquello. Nadie dispondría de tiempo suficiente para lograr los diplomas
necesarios, con lo que nunca obtendrían esa prestación. A primera vista parecía una buena idea, pero era
imposible que funcionara.
    Celeste regresó a su sitio, y yo me eché a temblar al ponerme en pie. Por un momento me planteé
fingir que me desmayaba. Pero tenía que hacerlo. Lo malo es que no quería afrontar lo que vendría
después.
    Coloqué mi póster —un diagrama de las castas— en el caballete, y puse mis libros en orden sobre la
mesa. Cogí aire y agarré mis fichas con fuerza, aunque, una vez lanzada, observé con sorpresa que ni
siquiera me hacían falta.
    —Buenas noches, Illéa. Hoy me presento ante ustedes no como parte de la Élite, no como Tres ni
como Cinco, sino como ciudadana, como una igual. Según la casta a la que cada cual pertenezca, la
visión de cómo funciona nuestro país puede ser diferente. Desde luego, a mí me ha pasado. Pero hasta
hace poco no he comprendido hasta dónde llegaba mi amor por Illéa.
»A pesar de haber crecido en un hogar en el que a veces faltaba la comida o la electricidad, a pesar
de ver que a gente a la que yo amaba la forzaban a vivir en una situación que habían adquirido al nacer,
con muy pocas esperanzas de que aquello cambiara, a pesar de ver la distancia que me separaba de otras
personas debido a un simple número, aunque no fuéramos tan diferentes —miré a las chicas—, sigo
queriendo a nuestro país.
    Sabía que ahí venía el cambio de ficha, y lo hice automáticamente, sin mirarlas.
    —Lo que propongo no sería sencillo. Podría ser incluso doloroso, pero de verdad creo que
beneficiaría a todo nuestro reino —cogí aire—. Creo que deberíamos eliminar las castas.
    Oí más de una respiración entrecortada. Decidí no hacer caso.
    —Sé que hubo una época, cuando nuestro país acababa de nacer, en que la asignación de estos
números ayudó a organizar algo que estaba a punto de desaparecer. Pero ya no somos ese país. Ahora
somos mucho más. Permitir que personas sin talento tengan privilegios desmesurados y poner cortapisas
a las que podrían ser algunas de las mentes más brillantes del mundo simplemente por mantener un
sistema de organización arcaico es cruel, y lo único que hace es impedirnos sacar lo mejor de nosotros
mismos.
    Hice referencia a una encuesta de una de las viejas revistas de Celeste, que había consultado después
de que hubiéramos hablado de crear un ejército de voluntarios, en la que el sesenta y cinco por ciento de
la gente pensaba que era buena idea. ¿Por qué eliminar la posibilidad de algunos de labrarse un futuro?
También cité un viejo informe que habíamos estudiado sobre la estandarización de exámenes en las
escuelas públicas. El artículo era tendencioso, y afirmaba que solo el tres por ciento de Seises y Sietes
reflejaban coeficientes de inteligencia altos; y al tratarse de un porcentaje tan bajo, estaba claro que
habían decidido dejarlos donde estaban. Defendí que debería darnos vergüenza que esas personas
estuvieran obligadas a pasarse la vida cavando zanjas cuando podían estar haciendo operaciones de
corazón.
    Por fin llegó el final de aquella dura prueba:
    —Quizá nuestro país tenga su riqueza mal repartida, pero no podemos negar su potencial. Lo que me
da miedo es que, si no cambiamos algo, ese potencial se quede estancado. Y quiero demasiado a mi país
como para permitir que eso ocurra. Tengo demasiadas esperanzas puestas en él como para permitir que
suceda —tragué saliva, aliviada al menos de haber llegado al final—. Gracias por su tiempo—añadí, y
me giré ligeramente hacia la familia real.
    La cosa iba mal. La expresión de Maxon volvía a ser pétrea, como el día en que habían azotado a
Marlee. La reina apartó la vista, evidentemente decepcionada. El rey, en cambio, se me quedó mirando.
    Sin parpadear siquiera, se dirigió a mí:
    —¿Y cómo sugieres que eliminemos las castas? —me desafió—. ¿Así, de pronto, las quitamos y ya
está?
    —Oh…, no sé.
    —¿Y no crees que eso provocaría altercados? ¿Un caos total? ¿Que permitiría que los rebeldes se
aprovecharan de la confusión de la gente?
    Aquello no lo había pensado a fondo. Lo único que tenía claro era lo injusto que era el sistema.
    —Creo que la creación de las castas ya creó una confusión considerable, y aun así lo superamos. De
hecho —dije, recurriendo a mi montón de libros—, aquí tengo una descripción.
Hojeé el diario de Gregory en busca de la página indicada.
     —¿Ya hemos cortado? —rugió.
     —Sí, majestad —respondió alguien.
     Levanté la vista y vi que las luces que solían indicar el funcionamiento de las cámaras se habían
apagado. Con algún gesto que me había pasado por alto, el rey había puesto punto final al Report. Se
puso en pie.
     —Poned las cámaras apuntando al suelo —ordenó, y los técnicos obedecieron. Se lanzó hacia mí y
me arrancó el diario de las manos—. ¿De dónde has sacado esto? —me gritó.
     —¡Padre, padre! —exclamó Maxon, agitado, mientras se acercaba.
     —¿De dónde ha sacado esto? ¡Respóndeme!
     —Se lo di yo —confesó Maxon—. Estábamos consultando lo que era eso de Halloween. Salía en los
diarios de Gregory Illéa, y pensé que le gustaría leer algo más.
     —Idiota —le espetó el rey—. Sabía que tenía que haberte hecho leer esto antes. Estás perdido. ¡No
tienes ni idea de lo que te espera!
     Oh, no. Oh, no, no, no.
     —Ella se va esta noche —ordenó el rey Clarkson—. Ya la he aguantado bastante.
     Intenté echarme atrás, distanciarme todo lo que pudiera del rey sin que se diera cuenta. Incluso
procuré no hacer demasiado ruido al respirar. Me giré hacia las chicas y, por algún motivo, miré a
Celeste. Esperaba encontrarme con su sonrisa, pero estaba nerviosa. Nunca habíamos visto al rey tan
alterado.
     —No puedes enviarla a casa. Eso lo decido yo, y yo digo que se queda —respondió Maxon sin
alterarse.
     —Maxon Calix Schreave, yo soy el rey de Illéa, y yo digo…
     —¿No podrías dejar de ser rey aunque solo sea cinco minutos, y ser simplemente mi padre? —gritó
Maxon—. Eso me corresponde a mí. Tú tienes que tomar tus decisiones, y yo quiero tomar las mías. ¡De
aquí no se va ninguna chica si yo no lo digo!
     Vi que Natalie se agarraba a Elise. Ambas parecían estar temblando.
     —Amberly, llévate esto y devuélvelo a su sitio —dijo el rey, poniéndole el libro en las manos a la
reina. Ella se quedó allí, asintió, pero no se movió—. Maxon, quiero verte en mi despacho.
     Miré a Maxon; y quizá solo me lo imaginara, pero me dio la impresión de ver una sombra de pánico
en el fondo de sus ojos.
     —O… —propuso el rey— podría hablar directamente con ella.
     —No —protestó Maxon, levantando una mano—. Eso no será necesario. Señoritas —añadió,
girándose hacia nosotras—, ¿por qué no van todas arriba? Hoy les enviaremos la cena a sus habitaciones
—hizo una pausa—. America, a lo mejor deberías prepararte y recoger tus cosas. Por si acaso.
     El rey sonrió, y su sonrisa adquirió un aire siniestro, tras aquella explosión de rabia.
     —Excelente idea. Tú primero, hijo.
     Miré a Maxon, que parecía derrotado. Me sentí avergonzada. Él abrió la boca para decir algo, pero
al final meneó la cabeza y emprendió la marcha.
     Kriss se retorcía las manos de los nervios, mirando a Maxon. No podía culparla. Había algo
amenazador en todo aquello.
 —¿Clarkson? —dijo la reina Amberly, sin levantar la voz—. ¿Qué hay de lo otro?
     —¿El qué? —preguntó él, irritado.
     —La noticia —le recordó ella.
     —Ah, sí —dijo él, y retrocedió hacia nosotras. Estaba tan cerca que decidí retirarme a mi silla, por
miedo a quedarme sola en medio otra vez. El rey Clarkson habló con voz firme y tranquila—: Natalie, no
hemos querido decírtelo antes del Report, pero hemos recibido malas noticias.
     —¿Malas noticias? —preguntó, agarrándose nerviosa el collar.
     El rey se acercó.
     —Sí, siento mucho tu pérdida, pero parece que los rebeldes se han llevado a tu hermana esta mañana.
     —¿Qué? —dijo ella, en un susurro.
     —Han encontrado sus restos esta tarde. Lo sentimos —añadió, y tuve que admitir que en su voz se
detectaba algo próximo a la empatía, aunque más que una emoción genuina sonaba a una entonación bien
ensayada.
     Enseguida volvió junto a Maxon, apremiándolo a salir por la puerta mientras Natalie estallaba en un
grito desesperado. La reina fue corriendo a su lado, acariciándole el cabello e intentando calmarla.
Celeste, que nunca había sido demasiado cariñosa, abandonó el estudio en silencio, y Elise la siguió,
anonadada. Kriss se quedó e intentó consolar a Natalie, pero en cuanto quedó claro que no podía hacer
gran cosa, también se fue. La reina le dijo a Natalie que les habían puesto protección a sus padres, por lo
que pudiera pasar, y que podría ir al funeral si quería, y no se separó de ella en ningún momento.
     Todo se había quedado a oscuras tan rápido que me sentí paralizada en mi silla.
     Cuando apareció aquella mano frente a mi cara, me sobresalté tanto que eché la cabeza atrás.
     —No te haré daño. Solo quiero ayudarte —dijo Gavril, y el broche de su solapa brilló, reflejando la
luz.
     Le di la mano, sorprendida de lo que me temblaban las piernas.
     —Debe de quererte mucho —observó Gavril, en cuanto me puse en pie.
     No podía mirarle a la cara.
     —¿Qué te hace pensar eso?
     Gavril suspiró.
     —Conozco a Maxon desde que era un niño. Nunca le había plantado cara a su padre de ese modo.
     Gavril se alejó para decirle al equipo de rodaje que no dijeran una palabra de todo lo que habían
oído aquella noche.
     Me acerqué a Natalie. No es que la conociera tanto, pero estaba segura de que amaba a su hermana
como yo quería a May; y no podía imaginarme el dolor que estaría sintiendo.
     —Natalie, lo siento muchísimo —susurré.
     Ella asintió. Era lo máximo que podía hacer.
     La reina me miró con simpatía, sin saber muy bien cómo expresar toda su tristeza.
     —Y… perdóneme usted también, majestad. No quería… Yo solo…
     —Lo sé, querida.
     Con lo que estaba pasando Natalie, no podía esperar más despedidas, así que le hice una última
reverencia a la reina y abandoné el estudio lentamente, intentando asimilar el desastre del que yo misma
era la responsable.

domingo, 6 de septiembre de 2015

Concurso Ellos caminan entre nosotros

solo queria decirles que voten y compartan la foto, es por una buena causa, el concurso se basa en que tienes que subir una foto de ti mostrando “legados“ porque Lorien te escogió a ti

el premio sera una copia del libro 6 de los legados de Lorien en pasta dura, The fate of ten

enserio lo quiero ganar, ya que en mi país nunca va a llegar


por favor apoyenme a ganarlo

aqui les dejo el link:

898760876865329

lunes, 31 de agosto de 2015

la elite kiera cass capitulo 26

Bajé a desayunar más bien tarde. No quería arriesgarme a encontrar a Maxon ni a ninguna de las
chicas a solas. Pero antes de que llegara a las escaleras, Aspen se acercó por el pasillo. Resoplé de
nervios, y él miró alrededor antes de aproximarse.
—¿Dónde has estado? —le pregunté, en voz baja.
—Trabajando, Mer. Soy soldado. No puedo controlar cuándo me toca servicio. Ya no me ponen de
guardia en tu habitación.
Quise preguntarle por qué, pero no era el momento.
—Necesito hablar contigo.
Se quedó pensando un momento.
—A las dos, ve hasta el final del pasillo de la planta baja, más allá del pabellón de la enfermería.
Puedo ir a verte allí, pero no mucho rato.
Asentí. Él me hizo una rápida reverencia y siguió su camino antes de que alguien pudiera vernos
hablar. Bajé las escaleras, pero no me sentía nada satisfecha.
Quería gritar. El sábado tocaba pasarse todo el día en la Sala de las Mujeres: una sentencia, una
completa injusticia. Cuando llegaban visitas, querían ver a la reina, no a nosotras. Cuando una de
nosotras se convirtiera en princesa, probablemente aquello cambiaría, pero de momento yo estaba allí,
sin poder hacer nada, viendo cómo Kriss repasaba su presentación. Las otras también estaban leyendo
cosas, notas o informes, y me estaba poniendo enferma, hasta el punto de la náusea. Necesitaba una idea,
y rápido. Estaba segura de que Aspen me ayudaría a encontrarla y tenía que empezar aquella misma
noche, fuera como fuera.
Como si leyera mis pensamientos, Silvia, que había estado recibiendo visitas con la reina, pasó a
verme.
—¿Cómo está mi alumna estrella? —me preguntó, bajando la voz lo suficiente para que las otras no
la oyeran.
—Genial.
—¿Cómo va tu proyecto? ¿Necesitas ayuda para perfilar algún detalle?
¿Perfilar? ¿Cómo iba a perfilar algo inexistente?
—Va estupendo. Le va a encantar, estoy segura —mentí.
Ella ladeó la cabeza.
—Lo llevas un poco en secreto, ¿no?
—Un poco —sonreí.
—Está bien. Últimamente has trabajado de una forma sensacional. Estoy segura de que será fantástico
—dijo, dándome una palmadita en el hombro antes de abandonar la sala.
Tenía un problema. Y grande.
Los minutos pasaban tan despacio que era como una tortura. Poco antes de las dos me excusé y
recorrí el pasillo. En el extremo había un sofá tapizado bajo un enorme ventanal. Me senté a esperar. No
vi ningún reloj, pero el tiempo no parecía avanzar. Por fin, por una esquina, apareció Aspen.
—Ya era hora —suspiré.
—¿Qué pasa? —preguntó él, que se situó junto al sofá, adoptando una pose formal.
«Mucho. Muchas cosas de las que no te puedo hablar».
—Nos han asignado una tarea, y no sé qué hacer. No se me ocurre nada, estoy nerviosísima y no
puedo dormir —dije, a la carrera.
Él chasqueó la lengua.
—¿De qué va la tarea? ¿Diseño de tiaras?
—No —repuse, lanzándole una mirada de frustración—. Tenemos que pensar en un proyecto, algo
bueno para el país. Como el trabajo de la reina Amberly con los discapacitados.
—¿Es eso lo que tan nerviosa te tiene? —preguntó, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué tiene eso de
estresante? Parece divertido.
—Yo también pensaba que lo sería. Pero no se me ocurre nada. ¿Tú qué harías?
Aspen se quedó pensando un momento.
—¡Ya lo sé! Haría un programa de intercambio de castas —dijo, con un brillo de emoción en los
ojos.—
¿Un qué?
—Un programa de intercambio de castas. La gente de las castas altas intercambian su sitio con los de
las castas bajas, para que sepan lo que es.
—No creo que eso funcione, Aspen, por lo menos no para este proyecto.
—Es una gran idea —insistió—. ¿Te imaginas a alguien como Celeste rompiéndose las uñas al hacer
un inventario en un almacén? Le iría muy bien.
—¿Y a ti ahora qué te pasa? ¿No hay Doses de origen entre los guardias? ¿No son tus amigos?
—A mí no me pasa nada —replicó, a la defensiva—. Soy el mismo de siempre. Eres tú la que se ha
olvidado de lo que es vivir en una casa sin calefacción.
—No se me ha olvidado —le contesté, levantando la cabeza—. Estoy intentando pensar en un
proyecto que sirva para evitar cosas así. Aunque me echen, puede que al final alguien ponga en práctica
mi idea, así que necesito que sea buena. Quiero ayudar a la gente.
—No te olvides, Mer —me imploró Aspen, con un brillo de vehemencia en los ojos—. Este
Gobierno no hizo nada cuando no teníais nada para comer. Dejaron que azotaran a mi hermano en la
plaza. Toda la palabrería del mundo no podrá deshacer lo que somos. Nos dejaron en un rincón para que
nunca pudiéramos salir por nosotros mismos, y no tienen ninguna prisa en sacarnos de allí. No les
interesa, Mer.
Resoplé y me quedé callada.
—¿Adónde vas ahora?
—Me vuelvo a la Sala de las Mujeres —respondí, poniéndome en marcha.
Aspen me siguió.
—¿De verdad estamos discutiendo por una tontería de proyecto?
—No —dije, girándome hacia él—. Estamos discutiendo porque tú tampoco lo pillas. Ahora yo soy
una Tres. Y tú eres un Dos. En lugar de amargarnos la vida con lo que nos han dado, ¿por qué no ves la
ocasión que tienes? Puedes cambiar la vida de tu familia. Probablemente podrías cambiar muchas vidas.
Y lo único que quieres es dejar claro tu enfado. Eso no va a llevarnos a ningún sitio.
Aspen no dijo nada, y yo me fui. Intenté no enfadarme con él por poner pasión en lo que quería. En
cualquier caso, ¿no era esa una cualidad admirable? Pero me hizo pensar tanto en la inamovilidad de las
castas que la situación empezó a ponerme furiosa.
No había nada que pudiera cambiar aquello. Así pues, ¿por qué molestarse?
Toqué el violín. Me di un baño. Intenté dormir una siesta. Me pasé parte de la tarde sentada en la
habitación, en silencio. Me senté en el balcón.
Nada de todo aquello tenía importancia. Estaba acercándose peligrosamente la fecha de exposición
del proyecto, y aún no tenía nada preparado.
Me pasé horas tendida en la cama, intentando dormir, aunque no lo logré. No dejaba de recordar las
palabras de rabia de Aspen, su enfrentamiento constante con lo que le había tocado vivir. Pensé en
Maxon y en su ultimátum, en su lucha constante con la vida que le había tocado llevar. Y entonces me
pregunté si todo aquello tenía alguna importancia, puesto que estaba claro que me iría a casa enseguida,
en cuanto me presentara el viernes sin ningún proyecto que proponer.
Suspiré y eché atrás las mantas. Había estado evitando leer el diario de Gregory otra vez; me
preocupaba que me aportara más preguntas que respuestas. Pero también podía ser que encontrara en él
algo que me orientara, algo de lo que pudiera hablar en el Report.
Además, aunque pudiera evitar leerlo, tenía que saber qué era lo que le había sucedido a su hija.
Estaba bastante segura de que se llamaba Katherine, así que hojeé el libro en busca de cualquier
mención, pasando por alto todo lo demás, hasta que encontré una fotografía de una chica junto a un
hombre que parecía mucho mayor. A lo mejor eran imaginaciones mías, pero daba la impresión de haber
llorado.
Por fin, hoy, Katherine se ha casado con Emil de Monpezat de Swendway. Ha lloriqueado durante todo el
camino hasta la iglesia, hasta que le he dejado claro que, si no se recomponía para la ceremonia, tendría
que vérselas conmigo después. Su madre no está contenta, y supongo que Spencer está disgustado ahora
que se da cuenta de lo poco que le apetecía a su hermana pasar por esto. Pero Spencer es listo. Creo que
entrará en razón enseguida, en cuanto vea las posibilidades que le he abierto. Y Damon siempre apoya
cualquiera de mis decisiones; ojalá pudiera extraer lo que sea que lleva dentro e inyectárselo al resto de
la población. Desde luego, los jóvenes tienen mérito. Es precisamente la generación de Spencer y de
Damon la que más me ha ayudado a llegar hasta aquí. Su entusiasmo es inquebrantable, y a la gente le
gusta mucho más escucharlos a ellos que a algún anciano vetusto que insiste en que nos hemos metido por
el mal camino. No dejo de preguntarme si no habrá un medio para silenciarlos para siempre sin empañar
mi nombre.
En cualquier caso, la coronación está prevista para mañana. Ahora que Swendway ha conseguido como
aliada a la poderosa Unión Norteamericana, podré tener lo que deseo: una corona. Creo que es un trato
justo. ¿Por qué conformarme con ser el presidente Illéa cuando puedo ser el rey Illéa? Por medio de mi
hija he adquirido categoría de realeza.
Todo está en su sitio. Pasado mañana no habrá vuelta atrás.
La vendió. El muy cerdo vendió a su hija a un hombre al que ella aborrecía, solo para conseguir todo
lo que quería.
Me venían ganas de cerrar el libro de nuevo, de acabar con aquello. Pero hice un esfuerzo por seguir
hojeándolo, leyendo pasajes al azar. En un punto se trazaba un esquema del sistema de castas,
originalmente pensado para que tuviera seis niveles en lugar de ocho. En otra página hacía planes para
cambiar el apellido a la gente y distanciarlos así de su pasado. En un párrafo dejaba claro que tenía
pensado castigar a sus enemigos situándolos en lo más bajo de la escala, y premiar a los leales
colocándolos arriba.
Me pregunté si mis antepasados sencillamente no tendrían nada que ofrecer, o si habían opuesto
resistencia. Esperaba que fuera lo segundo.
¿Cuál sería mi apellido real? ¿Lo sabría papá?
Toda la vida me habían hecho creer que Gregory Illéa era un héroe, la persona que había salvado el
país cuando estábamos al borde del olvido. Estaba claro que no era más que un monstruo sediento de
poder. ¿Cómo debía de ser, para manipular a la gente sin pensárselo lo más mínimo? ¿Qué tipo de
hombre sería, si sacrificó a su hija en su propio beneficio?
Miré las anotaciones anteriores con una nueva perspectiva. En ninguna decía que quisiera ser un gran
hombre de familia; solo afirmaba que quería parecerlo. De momento, le seguiría el juego a Wallis.
Estaba usando a los coetáneos de su hijo para ganar apoyos. Estaba haciéndose su montaje desde el
principio.
Me sentí asqueada. Me puse en pie y empecé a caminar arriba y abajo, intentando asimilar todo
aquello.
¿Cómo habían conseguido que aquella historia quedara olvidada? ¿Cómo es que nadie hablaba de los
antiguos países? ¿Dónde estaba toda esa información? ¿Por qué no la conocía nadie?
Abrí los ojos y levanté la mirada al techo. Me parecía imposible. Seguro que habría gente a quien no
le pareciera bien, y ellos les habrían contado la verdad a sus hijos. Y a lo mejor sí que se la habían
contado. A menudo me preguntaba por qué papá nunca me dejaba hablar del viejo libro de historia que
tenía oculto en su habitación, por qué la historia que sí conocía sobre Illéa no aparecía impresa en ningún
lado. Quizá fuera porque, si se hubiera puesto por escrito que Illéa había sido un héroe, la gente se
hubiera rebelado. Pero si siempre había sido una cuestión de debate, en el que uno pensaba que las cosas
eran de un modo y otro las negaba, ¿cómo iba a saber nunca nadie la verdad?
Me pregunté si Maxon conocía todo aquello.
De pronto me vino un recuerdo a la mente. No hacía tanto tiempo, Maxon y yo nos habíamos dado
nuestro primer beso. Había sido tan inesperado que yo me había echado atrás, lo cual le hizo sentirse
incómodo. Cuando me di cuenta de que quería que me besara, le sugerí que simplemente borráramos
aquel recuerdo e introdujéramos uno nuevo.
«America, no creo que podamos cambiar la historia», me había dicho. A lo que yo respondí: «Claro
que podemos. Además, ¿quién más va a saberlo, aparte de ti y de mí?».
Lo había dicho a modo de broma. Por supuesto, si hubiéramos acabado juntos, nos acordaríamos de
lo que había ocurrido realmente, sin importarnos lo tonto que era. En realidad, nunca llegamos a
reemplazar aquel recuerdo con una historia que sonara mejor.
Pero todo aquello de la Selección era un espectáculo. Si a Maxon y a mí nos preguntaran algún día
por nuestro primer beso, ¿le diríamos la verdad a alguien? ¿O nos guardaríamos aquel pequeño detalle,
aquel secreto entre los dos? Cuando muriéramos, nadie se enteraría, y aquel breve momento tan
importante en nuestras vidas desaparecería con nosotros. ¿Podía ser tan simple? ¿Se trataba simplemente
de contar una historia a una generación y repetirla hasta que la aceptaran como hecho probado? ¿Cuántas
veces le había preguntado yo a alguien mayor que mamá o papá sobre lo que sabían o lo que habían visto
sus padres? ¿Qué sabían los mayores? Había sido arrogante por mi parte no pensar siquiera en lo que
pudieran explicar. Me sentí una tonta.
Pero lo importante no era cómo me sintiera yo. Lo importante era decidir qué iba a hacer al respecto.
Había pasado toda mi vida atrapada en un agujero creado en nuestra sociedad; y como me encantaba
la música, nunca me había quejado. Pero quería estar con Aspen, y como él era un Seis, las cosas se
complicaban mucho. Si años atrás Gregory Illéa no hubiera diseñado con tanta frialdad las leyes de
nuestro país, cómodamente sentado en su escritorio, Aspen y yo no habríamos discutido, y yo nunca
habría pensado en Maxon. Maxon no sería ni siquiera príncipe. Marlee tendría las manos intactas, y ella
y Carter no vivirían en una habitación en la que apenas cabía su cama. Gerad, mi encantador hermanito
pequeño, podría estudiar ciencias, si eso era lo que le gustaba, en lugar de verse abocado a dedicarse al
mundo del arte, que no le apasionaba en absoluto.
Para conseguir una vida cómoda en una casa bonita, Gregory Illéa le había robado a la mayor parte
del país la capacidad de siquiera intentar conseguir aquello mismo. Maxon decía que, si quería saber
quién era, solo tenía que preguntarle. Antes me asustaba enfrentarme a la posibilidad de que él también
fuera así, pero tenía que saberlo. Si esperaba que tomara la decisión de si quería seguir en la Selección o
volverme a casa, necesitaba saber de qué pasta estaba hecho.
Me puse las zapatillas y la bata, y salí de la habitación, dejando atrás a un guardia anónimo.
—¿Está bien, señorita? —preguntó.
—Sí. Volveré enseguida.
Daba la impresión de que quería decir algo más, pero me fui demasiado rápido como para darle
opción. Subí las escaleras hasta el tercer piso. A diferencia de otras plantas, había guardias en el rellano
que me impedían llegar siquiera a la puerta de Maxon.
—Necesito hablar con el príncipe —dije, intentando mostrarme decidida.
—Es muy tarde, señorita —repuso el guardia de la izquierda.
—A Maxon no le importará —le aseguré.
El de la derecha se sonrió ligeramente.
—No creo que desee recibir ninguna visita ahora mismo, señorita.
Arrugué la frente, pensativa, mientras intentaba intuir a qué se refería.
Estaba con otra chica.
Era de suponer que sería Kriss, sentada en su habitación, hablando, riendo o quizás olvidando su
norma de no besar.
Una doncella dobló la esquina con una bandeja en las manos y pasó a mi lado para bajar por las
escaleras. Me eché a un lado, intentando decidir si debía dar un empujón a los guardias para abrirme
paso o abandonar. En el momento en que iba a abrir la boca de nuevo, el guardia se me adelantó:
—Debe volver a la cama, señorita.
Habría querido gritarles o hacer algo, porque me sentía impotente. Pero eso no serviría de nada, así
que me fui. Oí que uno de los guardias —el que hacía muecas— murmuraba algo cuando me alejé, y eso
no hizo más que empeorar mi estado de ánimo. ¿Se estaba riendo de mí? ¿Le daba pena? No necesitaba
su compasión. Ya me sentía suficientemente mal.
Cuando llegué de nuevo al segundo piso, me sorprendió ver allí a la doncella que había pasado a mi
lado, arrodillada como si estuviera poniéndose bien el zapato, aunque era evidente que no era eso ni nada
parecido. Cuando me acerqué levantó la cabeza, recogió la bandeja y se me acercó.
—No está en su habitación —susurró.
—¿Quién? ¿Maxon?
Asintió.
—Pruebe abajo.
Sonreí, y meneé la cabeza en un gesto de sorpresa.
—Gracias.
La doncella se encogió de hombros.
—No está en ningún sitio donde no pudiera encontrarle si le busca. Además —dijo, con una mirada
de admiración—, a nosotros nos gusta usted.
Se alejó, dirigiéndose enseguida hacia el primer piso. Me pregunté a qué se refería exactamente con
ese «nosotros», pero de momento me bastaba con aquella sencilla demostración de amabilidad. Me
quedé allí un momento, dejando un espacio entre las dos, y luego me dirigí abajo.
El Gran Salón estaba abierto pero vacío, al igual que el comedor. Miré en la Sala de las Mujeres,
pensando que sería un lugar extraño para una cita, pero tampoco estaban allí. Les pregunté a los guardias
de la puerta, y estos me aseguraron que Maxon no había salido a los jardines, así que miré en algunas de
las bibliotecas y salones hasta que por fin supuse que Kriss y él debían de haberse separado ya, o que
habrían vuelto a la habitación de él.
Resignada, giré una esquina y me dirigí a la escalera de atrás, que estaba más cerca que la principal.
No vi nada, pero al acercarme oí claramente un susurro. Me aproximé más poco a poco; no quería
molestar, y tampoco estaba del todo segura de dónde procedía aquel sonido.
Otro susurro.
Una risita traviesa.
Un cálido suspiro.
Los sonidos se hicieron más claros, y por fin no tuve dudas respecto de dónde procedían. Di un paso
más adelante, miré a la derecha y vi a una pareja abrazándose entre las sombras. Cuando por fin los ojos
se me adaptaron a la luz y conseguí distinguir lo que veía, me quedé impresionada.
El cabello rubio de Maxon era inconfundible, incluso en la oscuridad. ¿Cuántas veces lo había visto
así en la penumbra de los jardines? Pero lo que no había visto antes, ni había podido imaginarme, era el
aspecto de aquel cabello entre los largos dedos de Celeste, con las uñas pintadas de rojo.
Maxon estaba aprisionado entre la pared y el cuerpo de Celeste. Ella tenía la mano contra el pecho de
él, y con la pierna lo rodeaba; la raja de su vestido la dejaba bien a la vista, teñida de un tono azul en la
oscuridad del pasillo.
Ella se echó atrás un poco, para caer de nuevo lentamente sobre su cuerpo, jugando con él.
Me quedé esperando a que él le dijera que se apartara, que ella no era lo que él quería. Pero no lo
hizo. Al contrario, la besó. Ella se regodeó en el beso y volvió a soltar una risita. Maxon le susurró algo
al oído, y Celeste se le acercó y volvió a besarle, con más fuerza, más profundamente que antes. Se le
cayó el tirante del vestido, dejándole al descubierto el hombro y un trozo enorme de la piel de su
espalda. Ninguno de los dos se molestó en recolocarlo en su sitio.
Yo estaba helada. Habría querido gritar, pero tenía un nudo en la garganta. De todas las chicas…,
¿por qué tenía que ser ella?
Los labios de Celeste se deslizaron desde la boca de Maxon hasta su cuello. Soltó otra risita
repugnante y le besó otra vez. Maxon cerró los ojos y sonrió. Ahora que Celeste ya no lo tapaba, lo veía
perfectamente. Quería salir corriendo de allí. Quería desaparecer, evaporarme, pero me quedé allí
plantada.
Así que cuando Maxon abrió los ojos, me vio.
Mientras Celeste trazaba dibujos con sus besos en su cuello, él y yo nos quedamos mirándonos. Su
sonrisa había desaparecido, de pronto se había quedado petrificado. Aquella mirada de asombro me hizo
por fin coger fuerzas para moverme. Celeste no se había dado cuenta, así que retrocedí en silencio, sin
respirar siquiera.
Cuando ya no podían oírme, eché a correr, pasando a toda velocidad junto a todos los guardias y
mayordomos que trabajaban hasta tarde. Las lágrimas empezaron a asomar antes de que pudiera llegar a
la escalera principal.
Subí a toda prisa y me dirigí a mi habitación. Dejé atrás al guardia, que parecía preocupado, y entré.
Me senté en la cama, de cara al balcón. En el silencio de mi habitación, sentí el dolor en mi interior. Qué
tonta, America, qué tonta.
Me iría a casa. Olvidaría que todo aquello había ocurrido. Y me casaría con Aspen.
Aspen era el único con el que podía contar.
No pasó mucho rato hasta que llamaron a mi puerta. Maxon entró sin esperar respuesta. Cruzó la
estancia como una exhalación, aparentemente tan furioso como yo.
Antes de que pudiera decirme una palabra, ataqué.
—Me has mentido.
—¿Qué? ¿Cuándo?
—¿Cuándo no? ¿Cómo puede ser que la misma persona que hablaba de proponerme matrimonio se
ponga a hacer esas cosas en un pasillo con alguien como ella?
—Lo que yo haga con ella no tiene absolutamente nada que ver con lo que siento por ti.
—Estás de broma, ¿no? ¿O es que, al ser un futuro rey, tengo que suponer que es aceptable que te
dejes sobar por alguna chica semidesnuda cada vez que te apetezca?
Maxon parecía herido.
—No, eso no es así.
—¿Y por qué ella? —pregunté, levantando la vista al techo—. ¿Por qué, de todas las mujeres del
planeta, ibas a quererla a ella?
Cuando le miré en busca de una respuesta, él meneó la cabeza y paseó la mirada por la habitación.
—Maxon, Celeste es una actriz, un fraude. Deberías ver que debajo de todo ese maquillaje y de ese
sujetador de realce que lleva no hay más que una chica que quiere manipularte para conseguir todo lo que
desea.
Maxon reprimió una risa.
—De hecho, lo veo perfectamente.
Verlo tan tranquilo me sorprendió.
—Entonces, ¿por qué…?
Pero ya tenía mi respuesta.
Lo sabía. Claro que lo sabía. Había crecido en aquel ambiente. Probablemente los diarios de Gregory
le servían de lectura de cabecera. Había sido una tonta por esperar otra cosa. ¡Qué simple había sido!
Yo, pensando todo el tiempo que si había alguien que se adaptara mejor al papel de princesa, sería Kriss.
Era encantadora y paciente, y un millón de cosas que yo no era. Pero la veía junto a un Maxon diferente.
Para el hombre que él tendría que ser si quería seguir las huellas de Gregory Illéa, la única chica posible
era Celeste. Nadie más disfrutaría tanto pisoteando a todo un país.
—Bueno, pues ya está —dije, haciendo borrón y cuenta nueva con un movimiento de las manos—.
Querías que tomara una decisión, y aquí la tienes: ya no puedo más. Dejo la Selección, dejo todas estas
mentiras, y sobre todo te dejo a ti. Dios, no puedo creerme lo tonta que he sido.
—Tú no dejas nada, America —se apresuró a contradecirme, con una mirada que decía más que sus
palabras—. Lo dejarás cuando yo diga que lo dejas. Ahora mismo estás contrariada, pero no lo dejas.
Me llevé las manos al cabello, sintiendo que, en cualquier momento, podía arrancármelo de raíz.
—Pero ¿qué te pasa? ¿Es que no lo quieres ver? ¿Qué te hace pensar que se me olvidará lo que acabo
de ver? Odio a esa chica. Y tú la estabas besando. No quiero saber nada de ti.
—¡Por Dios, nunca me dejas decir ni una palabra!
—¿Qué podrías decir para explicar algo así? Envíame a casa. No quiero seguir aquí.
Nuestra conversación había ido tan rápida que su silencio de pronto resultó incómodo.
—No.
Estaba furiosa. ¿No era eso exactamente lo que quería de mí?
—Maxon Schreave, no eres más que un crío que tiene entre manos un juguete que no quiere pero que
no puede soportar ceder a otro niño.
Maxon respondió en voz baja:
—Entiendo que estés enfadada, pero…
Le di un empujón.
—¡Estoy más que enfadada!
Maxon mantuvo la calma.
—America, no me llames crío. Y no me empujes.
Volví a empujarle.
—¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer para evitarlo?
Maxon me agarró de las muñecas, torciéndome el brazo detrás de la espalda, y vi la rabia en sus ojos,
lo cual me alegró. Quería que me provocara. Quería tener un motivo para hacerle daño. En aquel
momento habría podido hacerle pedazos con mis propias manos.
Pero no estaba enfadado. En lugar del enfado, sentí aquella cálida corriente de electricidad que
echaba tanto de menos. Su cara estaba a unos centímetros de la mía, y sus ojos buscaban los míos, quizá
preguntándose cómo lo recibiría, o quizá sin importarle lo más mínimo. Aunque todo aquello era una
locura, lo deseaba igualmente. Mis labios se abrieron antes de darme cuenta siquiera de lo que estaba
sucediendo.
Agité la cabeza, confusa, y di un paso atrás en dirección al balcón. Él no hizo ningún esfuerzo para
retenerme. Respiré hondo un par de veces y luego me giré hacia él.
—¿Me vas a enviar a casa? —le pregunté, en voz baja.
Maxon negó con la cabeza, sin poder o sin querer decir palabra.
Me arranqué su pulsera de la muñeca y la tiré al suelo.
—Entonces vete —murmuré.
Me giré hacia el balcón y esperé unos momentos hasta oír el clic de la puerta al cerrarse. En cuanto
Maxon se hubo ido, me dejé caer al suelo y me eché a llorar.
Celeste y él se parecían mucho. Toda su vida era una ficción. Y yo sabía que Maxon se pasaría el
resto de la vida engatusando a la opinión pública para que pensaran que era maravilloso, al tiempo que
los tenía a todos atados de pies y manos. Igual que Gregory.
Me quedé sentada en el suelo, con las piernas cruzadas bajo la bata. Estaba muy disgustada con
Maxon, pero más aún conmigo misma. Tendría que haber luchado más duro. Debía haber hecho más. No
debería estar ahí, sentada, derrotada.
Me sequé las lágrimas y analicé la situación. Había acabado con Maxon, pero seguía allí. Había
acabado con la competición, pero, aun así, tenía que hacer una presentación. Quizás Aspen pensara que
no era lo suficientemente fuerte como para ser princesa —y estaba en lo cierto—, pero tenía fe en mí.
Eso lo sabía. Y también mi padre. Y Nicoletta.
Ya no me interesaba ganar. Así pues, ¿qué podía hacer para salir de allí con un buen golpe de efecto?

sábado, 25 de julio de 2015

La elite Kiera Cass Capitulo 25

—¿Clases particulares? —preguntó Silvia—. ¿Quieres decir varias a la semana?
—Claro —respondí.
Por primera vez desde mi llegada, estaba profundamente agradecida a Silvia. Sabía que no podría
resistirse ante la idea de tener a alguien dispuesto a escuchar todo lo que tenía que decir, y si aquello me
suponía un trabajo extra, me iría bien para estar ocupada.
Pensar en Maxon, en Aspen, en el diario y en las chicas se me hacía demasiado pesado. El protocolo
era algo que no tenía vuelta de hoja. Los pasos para presentar una proposición de ley eran invariables.
Ese tipo de cosas sí podía llegar a aprenderlas.
Silvia me miró, aún algo sorprendida, y al momento me mostró una gran sonrisa. Me dio un abrazo y
exclamó:
—Oh, esto es fantástico. Por fin una de vosotras entiende lo importante que es esto —se separó, pero
siguió agarrándome con los brazos extendidos—. ¿Cuándo quieres empezar?
—¿Ahora?
—Déjame ir a buscar unos libros —respondió, pletórica.
Me impliqué de lleno en el estudio, agradecida por cada palabra, concepto y estadística que me metía
en la cabeza. Cuando no estaba con Silvia, estaba leyendo algún texto en las innumerables horas que
pasaba en la Sala de las Mujeres; cualquier cosa menos pasar el rato con las otras chicas.
Trabajé mucho, y no veía la hora de que las cinco tuviéramos una nueva clase conjunta.
Cuando llegó, Silvia empezó por preguntarnos qué era lo que más nos apasionaba. Yo escribí que mi
familia, la música y, luego, como si fuera algo inevitable, la justicia.
—El motivo por el que os lo pregunto es porque la reina siempre suele presidir algún comité de algún
tipo, algo en beneficio del país. La reina Amberly, por ejemplo, impulsó un programa para formar a las
familias para que puedan hacerse cargo de cualquier miembro discapacitado físico o mental. Muchos
acaban en la calle cuando las familias no saben qué hacer con ellos, y el número de Ochos va creciendo
alarmantemente. Las estadísticas de estos últimos diez años han demostrado que su programa ha ayudado
a reducir esa cifra, lo que ha contribuido a la seguridad de la población en general.
—¿Y nosotras tenemos que idear un programa de ese tipo? —preguntó Elise, algo nerviosa.
—Sí, ese será vuestro nuevo proyecto —respondió Silvia—. En el Capital Report de dentro de dos
semanas se os pedirá que presentéis vuestra idea y que propongáis cómo podría ponerse en marcha.
A Natalie se le escapó un gritito ahogado. Celeste puso la mirada en el cielo. Kriss tenía aspecto de
estar pensando ya en algo. Su entusiasmo inmediato me puso algo nerviosa.
Recordé que Maxon había hablado de una eliminación inminente. Daba la impresión de que Kriss y
yo teníamos una ligera ventaja, pero, aun así, era preocupante.
—¿De verdad servirá esto para algo? —preguntó Celeste—. La verdad es que preferiría aprender
algo que realmente nos fuera útil.
Era evidente que aquel tono de preocupación escondía que la idea la aburría o la intimidaba.
Silvia parecía consternada.
—¡Claro que os será útil! La que se convierta en princesa estará al cargo de un proyecto filantrópico.
Celeste murmuró algo y se puso a juguetear con un bolígrafo. No soportaba que deseara tanto el cargo
pero ninguna de sus responsabilidades.
«Yo sería mejor princesa que ella», pensé. Y en aquel momento me di cuenta de que aquello no era
falso del todo. No tenía sus contactos ni el saber estar de Kriss, pero al menos estaba más implicada. ¿O
es que eso no importaba?
Por primera vez en mucho tiempo, me sentía entusiasmada. Ahí tenía un proyecto que me permitiría
demostrar lo único que me distanciaba de las otras. Estaba decidida a volcarme en ello y, con un poco de
suerte, crearía algo que valiera la pena. A lo mejor acabaría perdiendo la competición; quizá ni siquiera
me interesara ganar. Pero si no llegaba a ser princesa, al menos me acercaría todo lo posible, y haría las
paces con la Selección.
Imposible. Por mucho que lo intentara, no se me ocurría ni una idea para mi proyecto filantrópico.
Pensé, leí y volví a pensar. Les pregunté a mis doncellas, pero no me dieron ninguna idea. Le habría
consultado a Aspen, pero hacía días que no sabía de él. Supuse que sería especialmente precavido, ahora
que Maxon estaba en palacio.
Lo peor era que parecía claro que Kriss estaba ya enfrascada en su presentación. Se ausentaba mucho
de la Sala de las Mujeres para ir a leer; y cuando estaba presente, permanecía absorta en alguna lectura o
tomaba notas sin parar. Maldición.
Cuando llegó el viernes, sentí que me moría al darme cuenta de que solo me quedaba una semana y
que seguía sin perspectivas en el horizonte. Durante el Report, Gavril explicó la estructura del programa
siguiente, explicando que, tras unos anuncios breves, el resto de la noche se dedicaría a nuestras
presentaciones.
Un sudor frío me cubrió la frente.
Pillé a Maxon mirándome. Levantó la mano y se tiró de la oreja, y yo no estaba segura de qué hacer.
No es que quisiera decirle que sí, pero tampoco quería que pensara que me lo quitaba de encima. Me tiré
del lóbulo, y él pareció aliviado.
Nerviosa, esperé a que se presentara, retorciéndome el cabello entre los dedos y caminando por la
habitación, arriba y abajo.
Maxon llamó suavemente y luego entró, como solía hacer. Le recibí de pie, con la sensación de que
necesitaba un ambiente algo más formal de lo habitual. Tenía claro que aquello era ridículo, pero
tampoco podía evitarlo.
—¿Cómo estás? —me preguntó, cruzando la habitación.
—¿La verdad? Nerviosa.
—Es por lo guapo que estoy, ¿verdad?
Puso una cara simpática y me reí.
—Debería apartar la mirada —dije, siguiéndole la broma—. De hecho, es más bien por ese proyecto
filantrópico.
—Oh —soltó, sentándose en mi mesa—. Si quieres puedes practicar presentándomelo a mí primero.
Kriss lo ha hecho.
Sentí que me deshinchaba. Claro. Cómo no.
—Aún no tengo ni la idea —confesé, sentándome frente a él.
—Ah. Bueno, imagino que eso es lo que te tiene tan nerviosa.
Le miré, dejando claro que no tenía ni idea de hasta qué punto.
—¿Qué es lo más importante para ti? Tiene que haber algo que realmente te toque la fibra y que a las
demás se les pase por alto —dijo Maxon, acomodándose en la silla, con una mano sobre la mesa.
¿Cómo podía estar tan tranquilo? ¿No veía lo nerviosa que estaba yo?
—Llevo toda la semana dándole vueltas y no se me ha ocurrido nada.
Soltó una risita.
—Pensaba que para ti sería más fácil que para las demás. Tú te has enfrentado a más dificultades que
las otras cuatro juntas.
—Exactamente, pero nunca he sabido cómo cambiar nada de eso. Ese es el problema —me quedé con
la mirada fija sobre la mesa, recordando Carolina con toda claridad—. Lo recuerdo todo… Los Sietes
que se lesionan con esos trabajos por días tan duros y que de pronto son degradados a Ochos porque ya
no pueden trabajar. Las chicas que recorren las calles al límite del toque de queda, metiéndose en las
camas de tipos solitarios por cuatro chavos. Los niños que nunca tienen lo que necesitan (suficiente
comida, calefacción, cariño) porque sus padres se pasan la vida trabajando. Recuerdo mis peores días
perfectamente. Pero pensar en algo para ponerle remedio… —meneé la cabeza—. ¿Qué podría decir?
Le miré, esperando encontrar una respuesta en sus ojos. Pero no la había.
—Está muy bien expresado —dijo, y se calló.
Pensé en todo lo que le había dicho y en su respuesta. ¿Quería decir que sabía más de los planes de
Gregory de lo que yo pensaba? ¿O que se sentía culpable por tener tanto mientras otros tenían tan poco?
Suspiró.
—En realidad no esperaba hablar de eso esta noche.
—¿Qué es lo que tenías in mente?
Maxon me miró como si estuviera loca.
—Hablar de ti, por supuesto.
—¿De mí? —dije, pasándome el pelo tras la oreja—. ¿De qué, exactamente?
Cambió de posición, ladeando la silla para que estuviéramos más cerca e inclinando el cuerpo hacia
delante, como si fuera un secreto.
—Pensé que, una vez que vieras que Marlee estaba bien, las cosas cambiarían. Estaba seguro de que
podrías volver a sentir algo por mí. Pero no ha ocurrido. Incluso esta noche, que has accedido a verme, te
muestras muy distante.
Así que se había dado cuenta.
Pasé los dedos por la mesa, sin mirarle a los ojos.
—No es exactamente que tenga un problema contigo. Es con la situación —me encogí de hombros—.
Pensé que lo sabías.
—Pero después de lo de Marlee…
Levanté la cabeza.
—Después de lo de Marlee han seguido pasando cosas. De pronto empiezo a entender lo que
significaría ser princesa, y un minuto después dejo de entenderlo. No soy como las otras chicas. Soy la
que procede de la casta más baja; y quizá Elise fuera una Cuatro, pero su familia es muy diferente a la
mayoría de los Cuatros. Tienen tantas propiedades que me sorprende que aún no hayan pagado para
ascender. Y tú te has criado en este entorno. Para mí es un gran cambio.
Asintió, sin perder aquella paciencia infinita que tenía.
—Eso lo entiendo, America. En parte ese es el motivo por el que he querido darte tiempo. Pero tú
también tienes que pensar en mí.
—Lo hago.
—No, así no. No como parte de la ecuación. Ponte en mi lugar. No me queda mucho tiempo. El
proyecto filantrópico será el detonante de otra eliminación. Supongo que eso ya te lo habrás imaginado.
Bajé la cabeza. Claro que lo había pensado.
—¿Y qué debo hacer cuando solo quedéis cuatro? ¿Darte más tiempo? Cuando solo queden tres, se
supone que tengo que escoger. Si solo quedáis tres y tú sigues con tus dudas sobre si quieres aceptar o no
la responsabilidad, el trabajo, si me quieres a mí… ¿Qué debo hacer entonces?
Me mordí el labio.
—No lo sé.
Maxon meneó la cabeza.
—Eso no puedo aceptarlo. Necesito una respuesta. Porque no puedo enviar a casa a alguien que
desee realmente esto, que me quiera a mí, si al final tú te vas a echar atrás.
—Entonces —respondí, tras coger aire—, ¿tengo que darte una respuesta ahora mismo? Ni siquiera
sé qué es a lo que tengo que responder. Si digo que deseo quedarme, ¿quiere decir eso que quiero ser la
elegida? Porque eso no lo sé —sentí que se me tensaban los músculos, como si se prepararan para salir
corriendo.
—No tienes que decir nada ahora, pero cuando llegue el día del Report tendrás que saber si quieres
esto o no lo quieres. No me gusta tener que darte un ultimátum, pero yo tengo que jugármela, y no parece
que te importe mucho —suspiró antes de proseguir—. La verdad es que no quería que la conversación
fuera por ahí. Quizá debería irme —dijo, y su tono dejaba claro que esperaba que le pidiera que se
quedara, que todo iba a arreglarse.
—Sí, creo que será mejor —susurré.
Agitó la cabeza, irritado, y se puso en pie.
—Muy bien —dijo, y atravesó la habitación con pasos rápidos y furiosos—. Iré a ver qué hace Kriss.

La elite Kiera Cass Capitulo 24

Los dos días siguientes comí en la habitación, y así conseguí evitar a Kriss hasta la cena del
miércoles. Pensé que para entonces ya no me sentiría tan incómoda, pero estaba equivocada. Ambas nos
sonreímos en silencio, pero no pude decirle nada. Casi habría deseado estar en el otro lado de la sala,
sentada entre Celeste y Elise. Casi.
Justo antes de que sirvieran el postre, Silvia vino todo lo rápido que le permitían sus zapatos de
tacón. Su reverencia fue especialmente breve, y enseguida se dirigió a la reina y le susurró algo al oído.
La reina dio un respingo y salió corriendo de la sala con Silvia, dejándonos solas.
Nos habían enseñado que en ningún caso debíamos elevar la voz, pero en aquel momento no pudimos
contenernos.
—¿Alguien sabe lo que pasa? —dijo Celeste, inusualmente preocupada.
—¿Creéis que los habrán herido? —preguntó Elise.
—Oh, no —exclamó Kriss, y apoyó la cabeza en la mesa.
—No pasa nada, Kriss. Toma un trocito de tarta —intervino Natalie.
Me quedé sin habla, asustada con solo pensar en lo que podía significar aquello.
—¿Y si los han capturado? —soltó Kriss, preocupada.
—No creo que los de Nueva Asia hicieran eso —respondió Elise, aunque estaba claro que también
parecía preocupada.
No sé si su preocupación era estrictamente por la seguridad de Maxon, o si porque cualquier agresión
por parte de su gente podía acabar con sus posibilidades.
—¿Y si el avión se ha estrellado? —soltó Celeste, en voz baja.
Levanté la vista, y me sorprendió ver una expresión de temor real en su rostro. Aquello bastó para
que nos quedáramos todas en silencio.
¿Y si Maxon estaba muerto?
La reina Amberly volvió, y Silvia tras ella, y nosotras nos las quedamos mirando, ansiosas.
Para nuestro alivio, estaba radiante.
—Buenas noticias, señoritas. ¡El rey y el príncipe volverán esta noche! —exclamó.
Natalie dio palmas, y Kriss y yo nos dejamos caer al mismo tiempo sobre el respaldo de nuestras
sillas. No me había dado cuenta de lo tensa que estaba.
—Como han tenido unos días tan intensos —intervino Silvia—, hemos decidido evitar cualquier
celebración. Dependiendo de la hora a la que salgan de Nueva Asia, es posible que no los veamos hasta
la noche.
—Gracias, Silvia —dijo la reina, agradecida. En realidad, ¿a quién le importaban las celebraciones?
—. Perdónenme, señoritas, pero tengo trabajo que hacer. Disfruten de su postre y que pasen una buena
noche —dijo, y acto seguido se dio la vuelta y salió por la puerta como si apenas tocara el suelo.
Kriss salió unos segundos después. A lo mejor estaba preparando una tarjeta de bienvenida.
Después de aquello, comí rápidamente y me volví arriba. Mientras recorría el pasillo en dirección a
mi habitación, vi un brillo rubio bajo una gorra blanca y el movimiento de la falda negra del uniforme de
una doncella corriendo hacia las escaleras del otro extremo del pasillo. Era Lucy, y daba la impresión de
que estaba llorando. Parecía tan decidida a alejarse sin que la vieran que opté por no ir tras ella.
Al girar la esquina que daba a mi habitación, vi que mi puerta estaba abierta de par en par. Al otro
lado discutían Anne y Mary, y sin la puerta de por medio sus voces llegaban al pasillo, desde donde pude
escuchar lo que decían.
—… ¿Por qué tienes que ser siempre tan dura con ella? —protestaba Mary.
—¿Era mejor callar? ¿Y dejarle que se crea que puede conseguir siempre lo que quiera? —replicó
Anne.—
¡Sí! ¿Qué daño le iba a hacer decirle simplemente que confiabas en ella?
¿Qué es lo que pasaba? ¿Por qué parecían tan distantes las tres últimamente?
—¡Pica demasiado alto! —exclamó Anne—. No está bien darle falsas esperanzas.
—¡Venga ya! —respondió Mary, sarcástica—. Sí, claro, y todo lo que le has dicho ha sido por su
bien. ¡Has sido cruel! —la acusó.
—¿Qué? —se defendió Anne.
—Que has sido cruel. No puedes soportar que ella tenga más posibilidades de conseguir lo que tú
deseas —le gritó Mary—. Siempre has tratado a Lucy con condescendencia porque no se crio en palacio
tantos años como tú, y siempre has tenido celos de mí porque yo nací aquí. ¿Por qué no puedes estar
contenta con lo que eres en lugar de atacarla para sentirte mejor?
—¡Eso no es verdad! —dijo Anne, y la voz se le quebró.
El llanto reprimido de Anne bastó para silenciar a Mary. A mí también me habría hecho callar. Que
Anne llorara parecía algo imposible.
—¿Tan malo es que desee algo más que esto? —preguntó, con la voz pastosa por efecto de las
lágrimas—. Entiendo que ocupar esta posición es un honor, y estoy contenta con mi trabajo; pero no
quiero hacer esto el resto de mi vida. Quiero más. Quiero un marido. Quiero… —y por fin se derrumbó.
El corazón se me rompió en pedazos. El único modo que tenía Anne de dejar su trabajo era casarse.
Y no es que por los pasillos del palacio fuera a pasar un desfile de Treses o Cuatros en busca de una
doncella para tomarla como esposa. La verdad es que no tenía modo de cambiar de vida.
Suspiré, respiré hondo y entré en la habitación.
—Lady America —saludó Mary, con una reverencia.
Anne hizo lo propio. Por el rabillo del ojo vi cómo se limpiaba a toda prisa las lágrimas del rostro.
Teniendo en cuenta su orgullo, no me pareció que fuera buena idea hablar de aquello, así que pasé de
largo y me dirigí al espejo.
—¿Cómo está? —me preguntó Mary.
—Muy cansada. Creo que me voy a ir a la cama enseguida —dije, mientras me dedicaba a quitarme
horquillas del pelo—. ¿Sabéis qué? ¿Por qué no vais las dos a descansar? Yo ya me puedo arreglar sola.
—¿Está segura, señorita? —preguntó Anne, haciendo un gran esfuerzo por mantener la compostura.
—Sí, claro. Ya nos veremos mañana.
Por suerte, no hizo falta que insistiera. No quería que se ocuparan de mí en aquel momento, y
probablemente ellas tampoco tendrían muchas ganas. Cuando conseguí quitarme el vestido, me tendí en la
cama un buen rato, pensando en Maxon.
No estaba segura siquiera de qué pensaba de él. Todo era algo vago y borroso, pero no podía dejar
de pensar en la gran felicidad que había sentido al saber que estaba bien y que había emprendido el
camino de regreso. En parte, me preguntaba si habría pensado en mí todo aquel tiempo que había estado
fuera.
Di vueltas en la cama durante horas, muy inquieta. Hacia la una de la mañana pensé que, ya que no
podía dormir, quizá podría leer. Encendí la lámpara y saqué el diario de Gregory. Me salté las
anotaciones de otoño y pasé a una de febrero.
A veces casi me da por reír al pensar en lo sencillo que ha sido. Si existiera un manual sobre cómo
derrocar gobiernos, yo sería la estrella. O quizá podría escribirlo yo mismo. No estoy seguro de cuál
sería el primer paso, ya que en realidad no puedes obligar a un país a que intente invadir a otro, ni poner
a un hatajo de idiotas al mando de algo que ya existe, pero sin duda animaría a cualquier aspirante a líder
a que se hiciera con enormes cantidades de dinero por cualquier medio.
No obstante, la fascinación por el dinero no basta. Tienes que poseerlo y estar en disposición de imponer
tu voluntad sobre los demás. Mi falta de formación política no ha sido un problema a la hora de conseguir
aliados. De hecho, diría que uno de mis principales méritos es el de haberlo evitado. Nadie confía en los
políticos. ¿Por qué iban a hacerlo? Wallis se ha pasado años haciendo promesas vacías con la esperanza
de que alguna de ellas se hiciera realidad, y no hay ninguna posibilidad de que eso ocurra. Yo, por mi
parte, ofrezco la idea de algo más. Sin garantías, simplemente ese atisbo de esperanza de que el cambio
puede llegar. En este momento ni siquiera importa en qué puede consistir el cambio. Están tan
desesperados que no les importa. Ni siquiera se les ocurre preguntar.
Quizá la clave sea mantener la calma mientras los demás se dejan llevar por el pánico. Ahora odian tanto
a Wallis que casi se podría decir que me ha cedido la presidencia, y nadie se queja. Yo no digo nada, no
hago nada; simplemente exhibo una sonrisa amable mientras todo el mundo a mi alrededor se sume en la
histeria. Con una mirada a ese cobarde que tengo al lado, no queda duda de que quedo mejor en lo alto de
la tarima o dándole la mano a un primer ministro. Y Wallis está tan desesperado por tener a su lado a
alguien que cuente con el favor de la gente que estoy seguro de que, con solo llegar a un par de acuerdos
tácitos con él, tendré el control de todo.
Este país es mío. Me siento como un niño con un juego de ajedrez, jugando una partida que sabe que
ganará. Soy más listo, más rico y estoy mucho más cualificado a los ojos de un país que me adora por
motivos que nadie parece capaz de definir. Cuando alguien se pare a pensarlo, ya no importará. Puedo
hacer lo que quiera, y no hay nadie que me pueda detener. Así pues, ¿ahora qué?
Creo que es hora de dejar que se hunda el sistema. Esta lastimosa República ya se ha venido abajo y
apenas funciona. La cuestión, en el fondo, es… ¿con quién me debo aliar? ¿Cómo puedo hacer que esto se
convierta en algo que me pida el pueblo?
Tengo una idea. A mi hija no le gustará, pero, en realidad, eso no me preocupa. Ya es hora de que
demuestre su utilidad.
Cerré el libro de golpe, confundida y frustrada. ¿Me estaba perdiendo algo? ¿Dejar que el sistema se
hunda? ¿Imponer su voluntad sobre los demás? ¿Es que la estructura de nuestro país no era fruto de una
necesidad, sino un capricho?
Me planteé seguir buscando en el libro qué era lo que le había ocurrido a su hija, pero ya estaba tan
desorientada que decidí no hacerlo. Preferí salir al balcón, con la esperanza de que el aire fresco me
ayudara a asimilar lo que acababa de leer.
Miré al cielo, intentando procesar aquellas palabras, pero ni siquiera sabía por dónde empezar.
Suspiré y dejé vagar la mirada por los jardines, hasta que un brillo blanco me llamó la atención. Maxon
estaba paseando a solas. Por fin estaba en casa. Llevaba la camisa por fuera, y no llevaba ni abrigo ni
corbata. ¿Qué hacía ahí fuera tan tarde? Vi que tenía en la mano una de sus cámaras. Él también debía de
estar pasando una mala noche.
Dudé un momento, pero… ¿con quién más podía hablar de aquello?
—¡Chis!
Él se giró de golpe, buscando el lugar de origen del siseo. Volví a hacerlo, agitando los brazos hasta
que me vio. De pronto apareció una sonrisa en su rostro, y me devolvió el saludo. Me tiré de la oreja,
esperando que pudiera verlo. Él hizo lo mismo. Le señalé a él, y luego a mi habitación. Él asintió, y me
mostró un dedo para indicarme que tardaría un minuto. Asentí de nuevo y volví a mi habitación, al tiempo
que él entraba en palacio.
Me puse una bata y me pasé los dedos por el cabello, intentando aparentar tranquilidad. No estaba
segura del todo de cómo hablarle de aquello, porque se trataba, básicamente, de preguntarle a Maxon si
su cargo se basaba en un montaje mucho menos altruista de lo que se hacía creer a la gente. Cuando ya
empezaba a preguntarme por qué tardaría tanto, llamó a la puerta.
Corrí a abrirla y me encontré con el objetivo de su cámara, que hizo un clic y captó mi sonrisa
sorprendida. Mi expresión se transformó en algo que expresaba lo poco que me gustaba ser víctima de
aquellas bromitas, y él también capturó aquella otra imagen, divertido.
—Eres un bobo. Pasa —le ordené, agarrándole del brazo.
Él se dejó.
—Lo siento, no he podido evitar la tentación.
—Te has tomado tu tiempo —le regañé, sentándome al borde de la cama.
Tomó asiento a mi lado, separándose un poco para que pudiéramos estar cara a cara.
—He tenido que pasar por mi habitación —dijo, dejando la cámara sobre mi mesita de noche y
agitando mi frasquito con el céntimo dentro. Hizo un ruidito que era casi como una risa y se giró hacia mí
de nuevo, sin explicarme el porqué del rodeo.
—Bueno. ¿Y qué tal tu viaje?
—Raro —confesó—. Acabamos yendo a las zonas rurales de Nueva Asia. Mi padre dijo que había
alguna disputa localizada, pero cuando llegamos todo estaba bien —sacudió la cabeza—. La verdad es
que no tiene sentido. Pasamos unos días paseando por viejas ciudades e intentando hablar con los
nativos. Mi padre está bastante decepcionado con mi dominio del idioma e insiste en que estudie más.
Como si no tuviera bastante que hacer estos días —dijo, con un suspiro.
—Es algo raro.
—Supongo que sería algún tipo de prueba. Últimamente me va poniendo pruebas, y no siempre sé
cuándo llegan. Quizá quería evaluar mis aptitudes para la toma de decisiones o para enfrentarme a lo
inesperado. No estoy seguro —añadió, encogiéndose de hombros—. En cualquier caso, si era una
prueba, no la he superado —jugueteó con los dedos un instante—. También quería hablarme de la
Selección. Supongo que le parecería que me iría bien distanciarme, para tomar perspectiva o algo así. La
verdad es que estoy algo cansado de que todo el mundo decida por mí algo que se supone que depende de
mí.
Estaba segura de que la idea de perspectiva que tenía el rey suponía hacer que Maxon se olvidara de
mí. Había visto cómo les sonreía a las otras chicas en las comidas y cómo las saludaba por los pasillos.
Conmigo nunca lo había hecho. De pronto me sentí incómoda y no supe qué decir.
Y al parecer, Maxon tampoco.
Decidí que no era el momento de preguntarle por el diario. Hablaba de aquellas cosas con tanta
humildad —de cómo gobernaba, del tipo de rey que quería ser— que no podía exigirle unas respuestas
que quizá ni siquiera tuviera. En el fondo no podía dejar de pensar que sabía más de lo que me contaba,
pero debía averiguar más antes de preguntarle.
Maxon se aclaró la garganta y se sacó una tira de cuentas del bolsillo.
—Como te decía, caminamos por una serie de pueblos y ciudades, y en la tienda de una anciana vi
esto. Es azul —dijo, subrayando lo evidente—. Me parece que te gusta el azul.
—Me encanta el azul —susurré.
Me quedé mirando la pulserita. Unos días atrás, Maxon estaba paseando por el otro extremo del
mundo, vio aquello en una tienda… y le hizo pensar en mí.
—No encontré nada para nadie más, así que me gustaría que no se lo dijeras a nadie —dijo. Asentí
—. De todos modos, tampoco eres de las que van por ahí presumiendo —añadió.
No podía dejar de mirar la pulsera. Era muy sencilla, de unas piedras pulidas que, en realidad, no
eran ni semipreciosas. Alargué la mano y pasé un dedo por encima de una de aquellas cuentas ovaladas.
Maxon agitó la pulsera con la mano, para hacerme reír.
—¿Quieres que te ayude a ponértela?
Asentí y le ofrecí la muñeca en la que no tenía el botón de Aspen. Maxon apoyó las frías piedras
sobre mi piel y ató la cinta que las mantenía unidas.
—Preciosa —dijo.
Y ahí aparecía de nuevo la esperanza, abriéndose paso entre tantas preocupaciones.
De pronto todo lo que me pesaba en el corazón se tornaba liviano, y volvía a echarle de menos.
Quería borrarlo todo desde Halloween, volver a aquella noche, y quedarme con aquellas dos personas
que bailaban en el salón. Y, por otra parte, al mismo tiempo, el corazón se me venía abajo. Si
volviéramos a estar en Halloween, no tendría motivos para dudar de su regalo.
Aunque me creyera que era todo lo que mi padre decía que era, todo lo que Aspen decía que no
era…, no podía ser… Kriss era mejor.
Estaba tan agotada, tensa y confundida que me puse a llorar.
—¿America? —preguntó, vacilante—. ¿Qué te pasa?
—Es que no lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes? —preguntó, en voz baja, y se me ocurrió pensar que había aprendido
mucho últimamente sobre cómo tratar a una chica que llora.
—A ti —confesé—. La verdad es que ahora mismo me tienes muy confundida —me sequé una
lágrima de un lado del rostro y, muy suavemente, Maxon me acercó la mano y me secó las del otro lado.
De algún modo, resultaba extraño sentir su contacto de nuevo. Pero al mismo tiempo era algo tan
familiar que habría sido raro que no lo hubiera hecho. Cuando ya no había lágrimas que limpiar, dejó la
mano allí, envolviéndome la cara.
—America —dijo, decidido—, si alguna vez quieres saber algo sobre mí, sobre lo que me importa o
lo que soy, lo único que tienes que hacer es preguntarme.
Parecía tan sincero que a punto estuve de preguntar, de rogarle que me lo dijera todo: si se había
planteado la posibilidad de estar con Kriss desde el principio, si sabía lo de los diarios, o qué era lo que
tenía aquella pulserita para que le hubiera hecho pensar en mí.
Pero ¿cómo podía saber que me decía la verdad? Y, ahora que me iba dando cuenta de que era la
opción más firme, ¿qué pasaba con Aspen?
—No sé si estoy preparada para eso.
Tras un momento de reflexión, Maxon me miró.
—Lo entiendo. Bueno, eso creo. Pero deberíamos hablar en serio de algunas cosas muy pronto. Y
cuando estés lista, aquí me tienes.
No me presionó; se puso en pie y esbozó una mínima reverencia a modo de despedida antes de coger
su cámara y dirigirse hacia la puerta. Se giró a mirarme una última vez antes de desaparecer por el
pasillo. Me sorprendió lo mucho que me dolía verle marchar.

La elite Kiera Cass Capitulo 23

Al entrar en el comedor hice una reverencia a la reina, pero ella no me vio.
Miré a Elise, que era la única que ya había llegado, y ella se limitó a encogerse de hombros. Me senté
en el momento en que Natalie y Celeste entraban, y también ellas pasaron desapercibidas; por fin llegó
Kriss, que se sentó a mi lado, pero sin apartar la vista de la reina Amberly. Esta parecía perdida en su
mundo, con la vista en el suelo o mirando de vez en cuando las sillas de Maxon y del rey, como si algo no
fuera bien.
Los mayordomos comenzaron a servir la comida, y la mayoría de las chicas empezaron a comer; pero
Kriss no dejaba de mirar a la cabecera de la mesa.
—¿Sabes qué es lo que pasa? —le susurré.
Kriss suspiró y se giró hacia mí.
—Elise llamó a su familia para informarse de lo que estaba ocurriendo y para que sus parientes
fueran al encuentro de Maxon y del rey en cuanto llegaran a Nueva Asia. Pero la familia de Elise dice
que no llegaron.
—¿No llegaron?
Kriss asintió.
—Lo raro es que el rey llamó cuando aterrizaron, y tanto él como Maxon hablaron con la reina
Amberly. Están bien, y le dijeron que ya habían llegado a Nueva Asia; pero la familia de Elise afirma
que no han aparecido por allí.
Fruncí el ceño, intentando comprender.
—¿Y todo eso qué significa?
—No lo sé —confesó ella—. Dicen que están allí, así que ¿por qué no iban a estar? No tiene sentido.
—¡Boh! —dije yo, sin saber muy bien qué más añadir.
¿Por qué la familia de Elise no sabía que estaban allí? Y si en realidad no estaban en Nueva Asia,
¿dónde podían estar?
Kriss se inclinó hacia mí.
—Hay algo más de lo que querría hablar contigo —susurró—. ¿Podríamos ir a dar un paseo por los
jardines después del desayuno?
—Claro —respondí, deseosa de oír lo que sabía.
Ambas comimos rápido. No estaba segura de qué habría descubierto, pero, si quería hablar fuera,
estaba claro que era algo que había que mantener en secreto. La reina estaba tan distraída que apenas se
dio cuenta de que salíamos.
Salir al jardín, bañado por la luz del sol, era una sensación magnífica.
—Hacía tiempo que no salía —apunté, cerrando los ojos y levantando la cara hacia el sol.
—Sueles venir con Maxon, ¿verdad?
—Ajá —respondí. Pero un segundo más tarde me pregunté cómo lo sabía. ¿Sería de dominio
público? Me aclaré la garganta—. Bueno, ¿de qué querías hablar?
Ella se detuvo a la sombra de un árbol y se giró hacia mí.
—Creo que tú y yo deberíamos hablar sobre Maxon.
—¿Qué le pasa?
—Bueno, yo ya me había preparado para perder —dijo, jugueteando nerviosamente con los dedos—.
Creo que todas lo habíamos hecho, excepto Celeste, quizás. Era evidente, America. Te quería a ti. Pero
entonces pasó todo aquello de Marlee, y la cosa cambió.
No sabía muy bien qué decir.
—¿De modo que quieres decirme que sientes haberme desbancado, o algo así?
—¡No! —exclamó—. Tengo claro que aún siente algo por ti. No estoy ciega. Solo digo que creo que,
llegadas a este punto, tú y yo deberíamos ir de frente. Me gustas. Creo que eres una gran persona, y no
quiero que las cosas se pongan feas, pase lo que pase.
—Entonces quieres…
Kriss juntó las manos, intentando encontrar las palabras adecuadas.
—Quiero ofrecerte ser completamente honesta acerca de mi relación con Maxon. Y espero que tú
hagas lo mismo.
Me crucé de brazos y le planteé la pregunta que hacía tanto tiempo quería hacerle.
—¿Cuándo os volvisteis tan íntimos tú y él?
Sus ojos brillaron al recordar algo, y se puso a retorcerse un largo mechón de su cabello, que era
castaño claro.
—Supongo que justo después de lo que pasó con Marlee. Probablemente suene tonto, pero le hice una
tarjeta. Eso es lo que siempre hacía en casa, cuando mis amigos estaban tristes. El caso es que le encantó.
Me dijo que era la primera vez que alguien le hacía un regalo.
¿Qué? Oh. Vaya. Después de todo lo que había hecho él por mí, ¿no se me había ocurrido nunca
regalarle nada a él?
—Estaba tan contento que me pidió que fuera un rato a sentarme con él en su habitación y…
—¿Has visto su habitación? —pregunté, sorprendida.
—Sí. ¿Tú no?
Mi silencio hizo innecesaria la respuesta.
—Oh —dijo ella, algo incómoda—. Bueno, en realidad no te pierdes gran cosa. Es oscura, y hay un
soporte con pistolas, y un montón de cuadros en la pared. No tiene nada de especial —añadió, quitándole
importancia con un gesto de la mano—. El caso es que a partir de entonces empezó a visitarme
prácticamente cada vez que tenía un momento libre —meneó la cabeza—. Ocurrió bastante rápido.
Suspiré.
—Supongo que me lo dijo —confesé—. Hizo un comentario, como diciendo que nos necesitaba aquí
a las dos.
—De modo que… —se mordió el labio—. ¿Estás bastante segura de que le gustas?
¿Es que ella no lo sospechaba ya? ¿O es que necesitaba oírlo de mi boca?
—Kriss, ¿de verdad quieres oírlo?
—¡Sí! Quiero saber en qué posición me encuentro. Y yo también te contaré lo que quieras saber.
Nosotras no llevamos las riendas en esto, pero eso no significa que tengamos que estar siempre pendiente
de los demás.
Di unos pasos trazando un pequeño círculo, intentando encontrarle el sentido a todo aquello. No
estaba segura de si tendría valor de preguntarle a Maxon por Kriss. Apenas era capaz de hablarle
sinceramente sobre mí misma. Pero continuaba sintiendo que había cosas de mi posición en aquel juego
que me estaba perdiendo. Quizás aquella fuera mi única esperanza de sacar algo en claro.
—Estoy bastante segura de que quiere que me quede un tiempo más. Pero creo que también quiere
que te quedes tú.
Ella asintió.
—Me lo imaginaba.
—¿Te ha besado? —le solté, sin más.
Ella sonrió tímidamente.
—No, pero creo que lo habría hecho si yo no le hubiera pedido que no lo hiciera. En mi familia
tenemos esa especie de tradición: no nos besamos hasta que nos comprometemos. A veces se celebra una
fiesta en la que la gente anuncia la fecha de la boda, y así todo el mundo puede ver el primer beso de la
pareja. A mí también me gustaría tener una fiesta así.
—Pero ¿lo ha intentado?
—No, se lo expliqué antes de que pudiera llegar a hacerlo. Pero me besa mucho las manos, y a veces
en la mejilla. Creo que es muy tierno —suspiró.
Asentí, con la mirada fija en la hierba.
—Espera —dijo ella, vacilante—. ¿A ti te ha besado?
Una parte de mí quería presumir de haber obtenido el primer beso de la vida de Maxon, decir que,
cuando nos besamos, el tiempo se paró.
—Más o menos. Es algo difícil de explicar.
Ella puso una cara extraña.
—No, no lo es. ¿Te ha besado o no?
—Es complicado.
—America, si no vas a ser sincera, esto es una pérdida de tiempo. He venido aquí con la voluntad de
abrirme a ti. Pensaba que a las dos nos haría bien.
Me quedé allí, de pie, retorciéndome las manos, intentando encontrar el modo de explicarme.
No es que Kriss no me cayera bien. Si acababa yéndome a casa, querría que ganara ella.
—Yo quiero que seamos amigas, Kriss. Pensaba que ya lo éramos.
—Yo también —dijo, con voz amable.
—Es solo que me cuesta compartir mis cosas. Y aprecio tu sinceridad, pero no estoy segura de que
quiera saberlo todo. Aunque te lo haya preguntado —añadí enseguida, al ver las palabras asomando en
sus labios—. Ya sabía que sentía algo por ti, lo veía. Creo que de momento prefiero que las cosas
queden así, indefinidas.
Kriss sonrió.
—Bueno, respeto tu decisión. Pero ¿me harás un favor?
—Claro, si puedo.
Ella se mordió el labio y apartó la mirada un minuto. Cuando volvió a mirar, tenía los ojos húmedos.
—Si llega el momento en que estés segura de que no me quiere, ¿podrías avisarme? No sé qué es lo
que sientes tú, pero yo le quiero. Y me gustaría que me lo dijeras. Si lo sabes con certeza, claro.
Le quería. Lo había dicho en voz alta, sin miedo. Kriss quería a Maxon.
—Si alguna vez me lo confiesa, te lo diré.
Ella asintió.
—Y a lo mejor podríamos hacernos otra promesa: la de no ponernos trabas la una a la otra
voluntariamente. ¿Te parece? Yo no quiero ganar así, y creo que tú tampoco.
—Yo no soy Celeste —dije, poniendo cara de asco, y ella se rió—. Te prometo ser justa.
—De acuerdo, pues —se secó los ojos y se estiró el vestido. Me imaginaba perfectamente lo elegante
que estaría con la corona en la cabeza.
—Tengo que irme —mentí—. Gracias por hablar conmigo.
—Gracias por venir. Lo siento, si he sido indiscreta.
—Está bien —dije, echando a andar—. Hasta luego.
—Hasta luego.
Me giré todo lo rápido que pude, intentando no ser maleducada, y me dirigí al palacio. Una vez
dentro, aceleré el paso y subí las escaleras a la carrera. Necesitaba esconderme de todo.
Llegué al segundo piso y me dirigí a mi habitación. Observé que había un trozo de papel en el suelo,
algo inhabitual en el palacio, donde todo lucía siempre inmaculado. Estaba en una esquina, junto a mi
puerta, así que supuse que sería para mí. Para estar segura, le di la vuelta y lo leí:
Otro ataque rebelde esta mañana, esta vez en Paloma. El recuento actual es de más de trescientos
muertos, y al menos cien heridos. Una vez más, la principal exigencia parece ser acabar con la Selección
y poner fin a la dinastía real. Esperamos instrucciones.
El cuerpo se me quedó helado. Rebusqué por ambos lados del papel en busca de una fecha. ¿Otro
ataque esta mañana? Aunque la nota tuviera unos días, al menos era el segundo. Y el motivo volvía a ser
la Selección. ¿Era ese el motivo de los últimos ataques? ¿Estaban intentando librarse de nosotras? Y de
ser así, ¿era ese el objetivo tanto de los norteños como de los sureños?
No sabía qué hacer. No debía haber visto aquello, así que no podía hablar de ello con nadie. Pero
¿tendrían esta información los que se suponía que tendrían que haberla recibido? Decidí volver a dejar el
papel en el suelo. Con un poco de suerte, algún guardia aparecería por allí y se lo llevaría al lugar
indicado.
De momento, mantendría el optimismo, a la espera de que alguien actuara.